@P. Barrientos - 16/07/2010
Isabel Preysler
Pillar públicamente a Isabel Preysler en una situación que ella no controle es prácticamente imposible. Sus apariciones sociales las prepara al milímetro. No sólo en el aspecto más mediático, controlando el listado de periodistas que cubren los actos y borrando a quien no le gusta, sino también en el plano visual.
Conocedora del poder de su imagen, se prepara físicamente con sesiones de belleza previas, para estar perfecta. En este sentido, es impecable e implacable y la improvisación no forma parte de su vocabulario. Tampoco suele mostrar sus emociones. Ni para bien ni para mal. Y en ésto posiblemente influyen sus genes asiáticos, que la hacen menos propensa a mostrar su emotividad en sociedad.
Por eso sus lágrimas por la muerte del dueño de ¡Hola!, Eduardo Sánchez Junco, han resultado conmovedoras. Isabel se enteró del fallecimiento de su amigo muy de mañana y más tarde se trasladó al domicilio familiar, donde se ofició por la mañana una misa y a última hora de la tarde un responso. El encuentro con la esposa Mamen, los hijos y, sobre todo, con doña Mercedes Junco, la matriarca de la saga de periodistas, fue tremenda.
Si ver morir a un ser querido es duro, mucho más sobrevivir a un hijo que a sus 67 años aún tenía mucha vida por delante. La protagonista de muchas de las portadas de ¡Hola! se fundió en un abrazo e intentó consolarla como pudo, porque a ella también le faltaron las fuerzas. Eduardo no sólo era el dueño del imperio, sino también un gran amigo. La vida pública y privada de Isabel ha formado parte de la historia de la cabecera que fundó Eduardo Sánchez en un pisito de Barcelona.
Cuenta la leyenda que cuando se separó de Julio Iglesias, que ya era un artista internacional, Isabel le lanzó un órdago: “Algún día tendré más portadas que tú”. Y efectivamente el oráculo se cumplió. Eduardo Sánchez Junco, un gran hombre, tenía esa genialidad y ese olfato de los grandes periodistas como Antonio Asensio (Grupo Zeta), Julián Lago (Tiempo) y Jesús Polanco (Prisa). Sabía que una mujer como ella era un filón para su revista. Lo que comenzó como una relación comercial, evolucionó a una amistad profunda. Ahora las lágrimas de Preysler son las lágrimas de todos nosotros.
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